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Brujas

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Vivir 27/12/2009

La editorial Siruela publica Libro de brujas españolas, de Ana Cristina Herreros, que incluye un cuento y cinco historias que todavía se relatan en tierras castellanas gracias a la tradición oral

R. Pérez Barredo / Burgos

La tradición oral ha conservado hasta nuestros días relatos atávicos, leyendas y narraciones nacidas al abrigo de la superstición o evolucionadas de ritos paganos atizados por el miedo o la ignorancia. Las brujas ocupan un lugar preeminente en este tipo de historias. Y en la provincia de Burgos, con un nombre propio: Cernégula, población del páramo de Masa que ostenta el sambenito de ‘pueblo de las brujas’, ya que según la leyenda la charca que hay en las inmediaciones del pueblo era uno de los lugares elegidos por éstas para celebrar sus aquelarres. Ahora, Ana Cristina Herreros, filóloga y especialista en literatura tradicional, ha publicado en Siruela el libro Libro de brujas españolas. Una obra que recoge 42 cuentos y 24 historias de brujas, compiladas por territorios. Los primeros han sido agrupados por la zona en que fue recogida la versión -lo que no quiere decir que sea exclusivo de ésta-, e incluso algunos fueron popularizados por los hermanos Grimm; los segundas están vinculadas a un lugar concreto, y están contadas la mayor parte de las veces en primera persona.
«Buenas o malas, las brujas son mujeres con poder por sabiduría, por conocimiento, que además suelen usar a su antojo, en beneficio propio o ajeno, como deseen. Y eso asusta. Sean brujas, hadas o hechiceras, todas tienen ese poder. Se las nombra y caracteriza de manera diferente pero pertenecen al mismo mundo mágico. Son ellas quienes deciden usar dicho poder para el bien o para el mal. Su capacidad y conocimiento se lo permiten», explica la autora en el prólogo. En este sentido, indica que la idea que de la bruja se tiene en el imaginario popular es la de «la aldeana vieja y pequeña, de mirada sabia y pañuelo en la cabeza. Una imagen reconocible en cualquier anciana de nuestros pueblos, incluso hoy».
Procedentes de la tradición oral castellana incluye Herreros un cuento y cinco historias de brujas. El primero es Blancanieve y los siete ladrones, una versión del conocidísimo Blancanieves. El relato, recogido íntegramente en el libro (que está magníficamente ilustrado) arranca así: Éste era un padre que tenía una hija tan blanca como la nieve, que se llamababa Blancanieve. El hombre se quedó viudo y se casó con otras mujer que tenía dos hijas. Y la madrastra no quería a Blancanieve porque era muy guapa, y ella y sus hijas eran muy feas. Y le tenían mucha envidia... Como explica la autora sobre este cuento, resulta frecuente que en la tradición oral aparezcan ladrones que obran con justicia. En este caso, éstos tratan a Blancanieve como a una hermana, dándole un hogar y colmándola de bienes. «En esta historia castellano-leonesa hay un episodio sacado de Las mil y una noches, del cuento de ‘Alí Babá y los cuarenta ladrones’, pues los ladrones utilizan una fórmula similar para abrir la cueva, sólo que con un condimento más castellano-leonés que el sésamo: el perejil y la hierbabuena». Al cuento no le faltan ingredientes: la madrastra es una bruja que se vale de un espejo mágico; una hechicera con un anillo que tiene poderes la embruja y mata; un joven audaz le da un beso salvador...

Las historias

La bruja en la bodega, El cabillo de cera de la bruja, La cabra que habla, las brujas castigan a un cura y Acusaciones falsas son las cinco historias recogidas por Ana Cristina Herreros en Castilla y León. «En las historias de brujas, se las caracteriza con rasgos físicos y morales opuestos a lo que se considera ha de distinguir a una buena mujer. Suelen ser desvergonzadas y ríen sonoramente; sacan la lengua; miran con descaro; son ellas quienes toman la iniciativa y dicen directamente qué desean; salen de noche y por eso tienen la pil fría, aunque duerman debajo de siete mantas. Sus rostros son descritos con fealdad, incluso con verrugas, y a veces tienen cara de animal», señala la autora de Libro de brujas españolas.
Estas leyendas hablan de que se reúnen el sábado en el aquelarre, que en lengua euskalduna significa ‘el prado del macho cabrío’. «Bailan desnudas y brincan descalzas con los cabellos al viento, en corro, a veces cantando en torno a una hoguera. Se revuelcan en la arena, hablan a voces, se ríen estrepitosamente, corren unas tras las otras. A veces participan hombres que sirven de montura a estas amazonas, a los que golpean con vergajos para que se muevan. El diablo también está presente, mirando y sonriendo alegremente, con sus cuernos de cabrón retorcidos, con su barbita caprina y su rabucho golpeándole las costillas para ahuyentarle las moscas».
Con todo, la autora destaca que no todas se muestran dañinas, sino que algunas muestran un lado más amable. En este sentido, Herreros sostiene que las brujas han servido para dar forma y nombre «a eso tan desconocido para la imaginación masculina como es la mujer. Siempre se considera un mounstruo, un diablo, aquello que no se puede conocer porque es ajeno a nosotros, diferente, y de lo que, por tanto, se desconfía porque no se entiende o porque se considera un peligro para nuestra forma de vida. La bruja es el paradigma, el ejemplo de lo que causa más miedo de las mujeres: la independencia, su fuerza, su poder».

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